miércoles, 9 de febrero de 2011

“Mi Dios no juega dados, quizás este a mi favor.”

Soltame – intentó decir él, cuando su padre lo agarró fuertemente del brazo, pero de su boca no salió más que un leve quejido.

Soltame – esta vez pudo pronunciar bien las silabas. Y ante la nueva negativa del padre, forcejeó con todas sus fuerzas, pero no pudo librarse de esa pesada mano de metal, tan firme, que lo tenía como amordazado a un error del que no quería ser cómplice nunca más. Hacía tiempo que las cosas no iban bien, que la relación con el viejo no podía ser armónica, pero ese día había estallado todo. No es que él no quisiera hacer bien las cosas (y ahí es donde nadie lo entendía), sino que había algo que lo tiraba para abajo. Existía una máquina dentro de su cuerpo, en su cabeza, que no lo dejaba ilusionarse, que le destruía su sueño una y otra vez, hasta cansarlo y agotarlo.

Bueno, pará – se convenció de que por la fuerza no ganaría-. Vamos a hablar, dejame explicarte por qué hice lo que hice – Esta vez el padre aflojó un poco la fuerza de su mano, pero en su turbia cara se seguían distinguiendo los ojos desorbitados por el enojo y la frustración. –Te juro que no te quise hacer nada malo, fue un instinto. No tuve la culpa.

El padre callaba, y él desesperadamente pedía auxilio en unos ojos que daban miedo. Se escuchó un leve susurro en algún lado; detrás de la puerta del comedor había alguien, pero ninguno de los dos humanos que había en la casa percibió al ser que se movía a través de las sombras, alimentándose del dolor, del odio y de la frustración.

No vengo a contar esta historia para dar concejos ni lecciones, no. Sólo quiero contarlo, explicarlo. Nunca creí en los espíritus, ni nada de eso. Ni siquiera creo en Dios. Perdón, en realidad no creo en aquél Dios, sino en un ser que cambia de nombre con el tiempo, al que algunos definen como música y otros como arte. Para mí, la música es arte, y el arte es música.

Vuelvo a la historia. El padre transpiraba, y seguía apretando la mano de su hijo, que, cada vez con más miedo, intentaba explicar el suceso acontecido la noche anterior. No voy a contar lo ocurrido, sólo quería meterlos en una situación que se vive a diario en cualquier hogar.
Aquél ser, atrás de la puerta, olía a comida y su boca, hecha agua, quería saciar una sensación de bienestar que le producía asco. Siempre andaba dando vueltas, por ahí, en cualquier ciudad, en cualquier país, alimentándose de la hipocresía, del dolor, del sufrimiento, del hambre, de la guerra. Hay seres por todos lados, me dijo Dios una vez, hay que saber como vencerlos.

En la vida es imposible no pelear, no discutir. Discutiendo se ganan cosas. Discutiendo y peleando por lo que uno cree y por lo que uno ilusiona, se forma una vida. Es así. Pero hay que pelear por la verdad, hay que sentir por la paz y vivir por la confianza. Así estos seres, inmundos y asquerosas bazofias, no pueden vivirnos. No pueden sacarnos lo que llevamos adentro y lo que construimos de a poco en toda la vida.

Que idiota resulta hablar directamente a las máquinas de construir seres. Explicar esto en un sistema dónde la mentira no lastima, y donde los valores se han enturbiado hasta convertirse en superficialidades. Pero no hay qué hacer, sino hablar. Hablar, y aprender, por sobre todas las cosas, y siempre con verdad.

El ser que se esconde detrás de las puertas no es la muerte, ni es el diablo, sino somos nosotros mismos. Nos rastreamos y nos consumimos por dentro pensando en venganza, pero nos olvidamos de vivir.

Les pido, señores del jurado, intenten entenderme, intenten pensar en un mundo donde los humanos sean sólo humanos, y no máquinas de matar. ¿A quién se le ocurre sembrar un sistema hipócrita, absuelto de toda norma irracional? Por favor, piensen en eso. Luego, no tendré problema en ser ahorcado, sabiendo que la hipocresía me ha ganado a mí, también.

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