lunes, 16 de marzo de 2009




La única que salió mal soy yo así que no molestés y no lo borrés :D no te da tanto el cerebro entonces tengo que venir yo a subirte cosas jajajajaa. IMBÉCIL meeee la batis y yo como una pelotuda escribiéndote aca.. pero sabes que? NO voy a sacar tu foto tierna de mi blog, pq es hermosa y porque TE A-M-O! con toditas las letras x) y ya lo sabés y nosé el cerebro hoy a mi tampoco me da y empiezo a delirar y lo único que me salen son pelotudeces! quee bieeen oh que mal! dejame pensar..
ya sabes que:

Juanchi y yo hicimos amistad un poco con amor, un poco con verdad, con su cuerno de añil pescaba una canción, saberla compartir era su vocación. Palito ayer se me perdió
y puede parecer acaso una obsesión pero no tengo más que un mejor amigo y aunque tuviera dos yo solo quiero aquel (:

Como también sabés que:
No hay nada que yo no pueda hacer por ti y estando juntos, todo marcha bien, pues, yo soy tu amigo fiel. Y que nuestra gran amistad el tiempo no borrará, Ya lo verás, no terminará..

En definitiva sabés que te amo con el alma entera y que no miento ni exagero.. sos demasiados importante para mi y quiero LO MEJOR para vos!

sábado, 14 de marzo de 2009

El visitante;

-Dejáme, querés. Ya estoy bien -ante el silencio de él repitió-: Pero dejáme, ¿No ves que quede en encontrarme con alguien?
El la veía mover los labios pero por supuesto no podía escuchar absolutamente nada. El estruendo era infernal. Bajo las luces intermitentes, enloquecidas, veía la cara de Inés como un cuadro surrealista: lívida a veces, a veces roja, o azulada, o intensamente naranja. Con una absurda raya negra cruzándole la mejilla, la nariz congestionada en medio de las profundas orejas oscuras, los ojos afiebrados, el pelo como una gran peluca de payaso. Era tan conmovedora esa cara. Robbie estaba hipnotizado frente al espectáculo de ese rostro movible, cambiante, que pasaba de un color a otro, que abría y cerraba la mórbida boquita dejando escapar palabras incomprensibles. Eran tan conmovedores los ojos ardientes y húmedos todavía. Él tenía que sentir bajo su boca esa boca y esos ojos y limpiar con sus propios labios la mejilla sucia de pintura y de lágrimas. Ahora. Pero no ahí. No en ese lugar. No podían seguir un minuto más en ese lugar.
Su deseo, su desesperación, le hicieron atravesar de nuevo entre la gente arrastrando a Inés detrás de él, empujando, golpeando, apartando. Bajaron una escalera, cruzaron la pista grande, llegaron al guarda ropas. Buscó febrilmente su número en el bolsillo. Pidió a Inés que buscara el suyo. Lograron encontrarlo. Siempre mudo y con rápidos movimientos la ayudo a ponerse el abrigo. Salieron. Los golpeó en plena cara el aire helado.
Inés sintió que se mareaba. Qué hacía allí ahora. Le había pedido que la dejara, que esperaba a alguien. Pero de pronto había vuelto a perder la noción de todo y se sentía desfallecer. De súbito, ese silencio. ¿Adónde iban?
Él caminaba muy rápido y la llevaba siempre aferrada a su mano. Apenas podía seguirlo. ¿Dónde habían quedado los demás? Tenía las mejillas congeladas y el frío le hacía arder los ojos. Hubiese querido esconderse. Ocultaba la cara como podía. No tenía que verla, él no tenía que verla. ¿ Cómo hacer para que él no la mirara? ¿Cómo haría para desaparecer? Ahora iban casi corriendo por una calle larga que bajaba hacia el lago. Robbie se detuvo de golpe y la apoyo contra un muro. Ella empezó a balbucear con la cabeza baja y tratando de zafarse de esos brazos que habían formado dos barreras a los costados y no la dejaban moverse.
-Dejáme, estás loco, qué hacés, te dije que me dejaras.
No quería mirarlo. Hubiese querido escapar y al mismo tiempo todo era la continuación de esa pesadilla y ella no quería que la pesadilla terminara.
-Cómo, qué hago – dijo él con voz ronca - ¿No ves que hago? Te voy a besar.
Inés movió la cabeza a uno y otro lado en un desesperado esfuerzo por no escuchar esa voz.
-No quiero… no quiero.
Él la tomo con firmeza del mentón.
-Miráme.
-No.
-Miráme y decime que no querés que te bese.
Su cara estaba encerrada en la gran mano de él. Cerró los ojos.
-Abrí los ojos. Miráme.
Inés sentía que no le quedaban más fuerzas. Abrió los ojos.
-Así. Ahora decime que me odias.
La voz era ahora aspera, autoritaria. En el fantástico silencio de la madrugada Inés oyó el motor de un auto que pasaba lentamente y doblaba la esquina.
-Te odio.
Los dedos aflojaron un poco la presión.
-Decime que no querés que te bese.
Insólitamente, Inés podía observar y escuchar con perfecta claridad lo que estaba ocurriendo.
-No quiero… que me beses.
La mano abandono la cara. La voz enronqueció de nuevo.
-Ahora decime que me valla.
Era fácil. Una vez que se fuera se vería libre finalmente de esos ojos fijos en su cara horrible y podría volver y acostarse a dormir. Se sentía mortalmente cansada. Querría estar de nuevo en su cama, abrigada entre frazadas calientes. Una vez que se fuera, dejaría de mirarla. De ver su horrible nariz y sus rasgos hinchados y descompuestos. Sí, quería que se fuera. Y era fácil decirlo.
-Andáte.
Los ojos de Robbie se enloquecieron un momento. Dejó caer los brazos. Quedó frente a ella casi tocándola. Después, con calma, se levanto el cuello de la campera, metió las manos en los bolsillos y empezó a caminar.
Inés no se movió. Quedó contra la pared, paralizada. Con aterradora lucidez lo miró alejarse. Supo que ni siquiera volvería la cabeza. Sintió un súbito desgarramiento. Ello no quería que el se fuera. Si él se iba ella iba a morirse.
- ¡¡¡Robbie!!!
El grito perforó la calle gris y desierta. El muchacho iba llegando a la esquina. Se detuvo.
Inés se echo a correr. Apenas le obedecían sus piernas. Jadeaba. Seguía corriendo como podía, la mirada fija en la figura inmóvil y oscura detenida allá adelante.
Él esperaba. Cuando ella estuvo cerca abrió los brazos. Cayó vencida contra su pecho. Robbie la estrecho con desesperación y la beso hondamente en la boca.
Sobre el Nahuel-Huapi ya estaba amaneciendo. A lo lejos se empezaron a escuchar algunas voces que parecían acercarse. Pero ellos no las escuchaban.

viernes, 13 de marzo de 2009

Dame, tu insolencia también.

Siempre podemos soñar con la ilusión. Todas y cada una de las noches, sueño, y sueño que te extraño. A nadie le amarga un dulce. Todavía que te extraño, mi amor, y no quiero extrañarte otra vez, pero si con vos tanto me alejé que volé y jamás regresé. No sé por qué, pero te siento mucho. No puedo evitar desarmarme cada vez que me acuerdo de tus gritos, tu locura y tus besos.
No puedo, me desangro por dentro, cada vez te anhelo más y más. Estoy paranoico, estoy insensato. No pierdo la ilusión, nadie te puede robar la ilusión. Si pierdo mi alma nada va a estar bien.
¿Fue tu boca la que me hizo quererte de golpe, o la crueldad de esa boca? ¿O fueron las palabras? ¿O tu canto, después, enloquecedor saliendo de tu boca?
Tal vez tendría que fingir indiferencia para que te fijaras en mí. Pero no me creerías. Ya no soy dueño de mis ojos. No me importa que no leas esto. Yo no te estoy escribiendo, te estoy acercando. Hablo para mí, y ocurre que ahora vos formás parte de mi mundo. Hablo para los dos.
¿Qué hago con estos celos? ¿Qué hago con este amor, con el que no contaba? ¿Morderme las manos y sentir el vació en el estómago y la sangre golpeándome en todo el cuerpo? No, amor. Tenés que saber todo esto, tengo que decirteló de alguna manera. Pienso en tocar tus labios con los míos y me deshago por dentro.
Te siento mucho, te siento cada vez más. Te anhelo. Te veo, me sonrojo y tiemblo. Me mata tu indiferencia, tu normalidad. Extraño tus palabras, quiero vivir un momento que no existe eternamente. Quiero cansarme de quererte hasta el punto de odiarte, de repudiarte, pero parece interminable este camino sin fin.
No voy a bajar los brazos, mi amor. ¿Acaso es la insistencia, la fe, la ilusión, la que nos hace creer?
Rara vez esta vida tiene sentido, amor, y así ves que hasta mi sombra brilla en esta ciudad.