-Dejáme, querés. Ya estoy bien -ante el silencio de él repitió-: Pero dejáme, ¿No ves que quede en encontrarme con alguien?
El la veía mover los labios pero por supuesto no podía escuchar absolutamente nada. El estruendo era infernal. Bajo las luces intermitentes, enloquecidas, veía la cara de Inés como un cuadro surrealista: lívida a veces, a veces roja, o azulada, o intensamente naranja. Con una absurda raya negra cruzándole la mejilla, la nariz congestionada en medio de las profundas orejas oscuras, los ojos afiebrados, el pelo como una gran peluca de payaso. Era tan conmovedora esa cara. Robbie estaba hipnotizado frente al espectáculo de ese rostro movible, cambiante, que pasaba de un color a otro, que abría y cerraba la mórbida boquita dejando escapar palabras incomprensibles. Eran tan conmovedores los ojos ardientes y húmedos todavía. Él tenía que sentir bajo su boca esa boca y esos ojos y limpiar con sus propios labios la mejilla sucia de pintura y de lágrimas. Ahora. Pero no ahí. No en ese lugar. No podían seguir un minuto más en ese lugar.
Su deseo, su desesperación, le hicieron atravesar de nuevo entre la gente arrastrando a Inés detrás de él, empujando, golpeando, apartando. Bajaron una escalera, cruzaron la pista grande, llegaron al guarda ropas. Buscó febrilmente su número en el bolsillo. Pidió a Inés que buscara el suyo. Lograron encontrarlo. Siempre mudo y con rápidos movimientos la ayudo a ponerse el abrigo. Salieron. Los golpeó en plena cara el aire helado.
Inés sintió que se mareaba. Qué hacía allí ahora. Le había pedido que la dejara, que esperaba a alguien. Pero de pronto había vuelto a perder la noción de todo y se sentía desfallecer. De súbito, ese silencio. ¿Adónde iban?
Él caminaba muy rápido y la llevaba siempre aferrada a su mano. Apenas podía seguirlo. ¿Dónde habían quedado los demás? Tenía las mejillas congeladas y el frío le hacía arder los ojos. Hubiese querido esconderse. Ocultaba la cara como podía. No tenía que verla, él no tenía que verla. ¿ Cómo hacer para que él no la mirara? ¿Cómo haría para desaparecer? Ahora iban casi corriendo por una calle larga que bajaba hacia el lago. Robbie se detuvo de golpe y la apoyo contra un muro. Ella empezó a balbucear con la cabeza baja y tratando de zafarse de esos brazos que habían formado dos barreras a los costados y no la dejaban moverse.
-Dejáme, estás loco, qué hacés, te dije que me dejaras.
No quería mirarlo. Hubiese querido escapar y al mismo tiempo todo era la continuación de esa pesadilla y ella no quería que la pesadilla terminara.
-Cómo, qué hago – dijo él con voz ronca - ¿No ves que hago? Te voy a besar.
Inés movió la cabeza a uno y otro lado en un desesperado esfuerzo por no escuchar esa voz.
-No quiero… no quiero.
Él la tomo con firmeza del mentón.
-Miráme.
-No.
-Miráme y decime que no querés que te bese.
Su cara estaba encerrada en la gran mano de él. Cerró los ojos.
-Abrí los ojos. Miráme.
Inés sentía que no le quedaban más fuerzas. Abrió los ojos.
-Así. Ahora decime que me odias.
La voz era ahora aspera, autoritaria. En el fantástico silencio de la madrugada Inés oyó el motor de un auto que pasaba lentamente y doblaba la esquina.
-Te odio.
Los dedos aflojaron un poco la presión.
-Decime que no querés que te bese.
Insólitamente, Inés podía observar y escuchar con perfecta claridad lo que estaba ocurriendo.
-No quiero… que me beses.
La mano abandono la cara. La voz enronqueció de nuevo.
-Ahora decime que me valla.
Era fácil. Una vez que se fuera se vería libre finalmente de esos ojos fijos en su cara horrible y podría volver y acostarse a dormir. Se sentía mortalmente cansada. Querría estar de nuevo en su cama, abrigada entre frazadas calientes. Una vez que se fuera, dejaría de mirarla. De ver su horrible nariz y sus rasgos hinchados y descompuestos. Sí, quería que se fuera. Y era fácil decirlo.
-Andáte.
Los ojos de Robbie se enloquecieron un momento. Dejó caer los brazos. Quedó frente a ella casi tocándola. Después, con calma, se levanto el cuello de la campera, metió las manos en los bolsillos y empezó a caminar.
Inés no se movió. Quedó contra la pared, paralizada. Con aterradora lucidez lo miró alejarse. Supo que ni siquiera volvería la cabeza. Sintió un súbito desgarramiento. Ello no quería que el se fuera. Si él se iba ella iba a morirse.
- ¡¡¡Robbie!!!
El grito perforó la calle gris y desierta. El muchacho iba llegando a la esquina. Se detuvo.
Inés se echo a correr. Apenas le obedecían sus piernas. Jadeaba. Seguía corriendo como podía, la mirada fija en la figura inmóvil y oscura detenida allá adelante.
Él esperaba. Cuando ella estuvo cerca abrió los brazos. Cayó vencida contra su pecho. Robbie la estrecho con desesperación y la beso hondamente en la boca.
Sobre el Nahuel-Huapi ya estaba amaneciendo. A lo lejos se empezaron a escuchar algunas voces que parecían acercarse. Pero ellos no las escuchaban.