¿Sabes qué hora es? Por supuesto que no, nunca lo supiste. Pareciera que quiero dar vuelta las cosas, digo, conmigo mismo, que me insulto en vez de ayudarme, que me ayudo en vez de insultarme. No creo en navidades, y todos lo saben, ni en las noches de paz. Las verdades no son absolutas, y al mentir hay verdad.
Anoche volví a soñar cosas, razones. Me levanté frustrado, me levantaron. Hubiera querido seguir durmiendo, aunque me costara el pecado. Es que ya ni en los sueños encuentro la fuerza para superarlo.
He llegado miles de veces hasta aquél lugar donde todos creen que está el paraíso, y no he muerto. Qué ironía, nuevamente. Que hipocresía mental, fastidiosa y repulsiva, al punto de nunca jamás volver a creer en uno mismo. Pero, claro, no sabes qué hora es. Crees en lo irreal, en la mentira que te llega a los ojos. Idiota. ¿A quién quisiste convencer, tratando de desembarcar sobre una playa desierta? Últimamente de mi boca solo sales blasfemias, horribles y pútridas palabras que no sirven para nada.
Eso es lo que siento, que no sirvo para nada, más que para escribir idioteces.
Dije que el mundo era hipócrita y miren lo que escribo. No seas egocéntrico, Juan, tu egocentría me da asco. Qué es lo que buscás. ¿Querés que te lo diga? Estás buscando un lugar lejano, donde patear las cosas de tu mente. Querés sentir lo que sentiste alguna vez, allá lejos, casi en el infierno, pero esta vez, alejándote del suelo, alejándote del centro, también.
Por favor, no te mates. La solución es tan dura como la realidad, y la única realidad es la de los demás. Ya no tengo realidad dentro mío, porque yo mismo me la quité. Me van a tener que dar una mano, ustedes, los de afuera, porque sino va a ser bastante complicado. Y posiblemente, no quieran dármela, por haber caído tantas veces y haberme puesto frente a ustedes, cortándoles el paso, y se han caído conmigo. Nadie podría estar orgulloso.
Lo que hace tan bien, puede multiplicarse por menos uno. Eso me enseñó la vida, y al fin de cuentas, es lo que estoy viviendo. Si el frío que congela nuestros corazones estuviese tan lejos, tan apartado, hundido en su propia herida, entonces, ¿seríamos felices?
No creo que les interese saber lo que pienso, pero lo voy a responder igual. Ya no me quedan más misterios para ocultar, me he quedado casi sin nada, más que sin mi. No. No encuentro una respuesta tan dura y febril como esta.
Ahora, ¿podemos ser felices, con solo saltar, dejarse caer, dejarse llevar por el impulso y entregarse a las manos del otro, sintiendose vivir más intensamente que nunca? Me extraña esa pregunta, sabés cuál es la respuesta. Hoy, más que nunca, el desafío es intenso y acústico. Si. No hay nada más sincero.
"Medís tu acrobacia
y saltás."
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