domingo, 19 de febrero de 2012

Luces blancas, rojas, negras, azules. Las luces son como días que, pesados, pasan y se convierten en semanas. Los días estan envidiosos de las semanas. No saben que ellas sufren y no pueden liberarse de la realidad.


Se encontraban en la catedral de la ciudad, a la que habían ido sólo para conocer (no es que fuesen muy creyentes). Los espejos reflejaban lujuria y hipocresía. Y así era como les gustaban.
La gente esperaba que se cumplan las nueve para arrancar la misa, y así aburrir sus cápsulas mentales una vez más con las mismas y tediosas palabras. El padre de la iglesia había tenido una despedida la noche anterior, y un par de copas de más hacían que no esté en las mejores condiciones para hablar frente a tanta gente. Lamentablemente, años atrás, cuando decidió darle su vida a Dios, no se imaginó las largas y sufribles horas de soledad (o falsa compañía) que tendría que pasar. Ahora ya había sentado cabeza, cincuenta años y un par de deslices que Dios sabría perdonar.
Las señoras, acompañadas de rosarios, le hablaban a menudo sobre sus infidelidades sexuales. Él, dejando a su divinidad como juzgado, se liberaba de toda responsabilidad perdonando (o tal vez, posponiendo el dictamen) a aquellos que verdaderamente lo merecían. Ninguna era una mala persona.
Más allá de su trabajo, los curas no tienen una vida pura y plena. Mejor dicho, viven para trabajar. Por lo menos, eso quieren aparentar. Dios siempre perdona algún error anual, quizás hasta bimestral.



No son tantos los años que la experiencia me ha brindado, y sin embargo, puedo asegurar que hasta el hombre más optimista se engaña con crueldades y infidelidades atroces dentro de su cabeza. La mujer más linda, la más pura, sólo es un reflejo en el agua.
-Es ida y vuelta- habían sido las palabras del  destino. Especificamente, nunca fue así. El destino contemplado por su alteza sufrió retoques que lograron mecanizar a los dioses. Los convirtieron en heridas de guerra que se curan solo con la palabra. Qué hipocresía, qué desazón, este Dios que todo lo perdona. Que mal acostumbrados se ven los reos de la infidelidad cuando se dan cuenta que todo era un circo.
-El que rompe, paga.-dijo, y me señaló, frustrante, haciendo subir la sangre a la cabeza. Nunca le creí. Siempre camuflé lo imperdonable. Así, como Dios, hablamos el mismo idioma, ¿no? Tell me, honey, what's my name?



Truco. Quiero. 2 de espadas. Quiero re truco. Quiero. Yesterday's got nothing for me.
La vida es como jugar al truco. Mejor dicho, el truco es como jugar a la vida. Te tocaron buenas cartas, te va bien por un rato. A las malas, a ponerle el pecho, la cara de poker, y la mentira. ¿Siempre hay que mentir para ganar? No, rara vez, pero hay más cuatros que anchos y está lleno de dieces en esta farsa.
¿Cómo te sentirías si te enteraras que la persona más sincera, la mejor, la que nunca pisaría el palito, estuvo jugando al truco con dieces y cuatros? ¿Cómo te sentirías si descubrieras que la vida es como es, y creíste en la honestidad solo para no llorar desconsoladamente todo el tramo? ¿Cómo te sentirías si esa guitarra fuese una ilusión de los sentimientos? ¡Qué frío! Que dura sensación. Te hablan, te gritan, te abrazan, te besan, como si todo estuviera bien, pero vos sabés que ese bichito hizo desastres por dentro. Ya no puede volver a ser lo mismo, ya no va a ser lo mismo. Ahí es cuando te preguntás si querés seguir así.

Es ida y vuelta- dijo-, el que rompe, paga.







Fuego prendés, un leño acercás
paladeás castañas asadas
y mirás el mar y la vida se ve
demasiado gris sin deseos.



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